Yo soy…
Se dice que todos los enanos nacemos con el destino definido desde que llegamos al mundo, con un propósito. Los más sabios entre los enanos leen las señales cuando un infante llega al mundo, el propio universo les muestra el camino que recorrerán a lo largo de sus vidas, a veces incluso antes de nacer. Mi familia, el clan Gorunn, han sido una estirpe de legendarios guerreros, avezados maestros de armas que han luchado en incontables batalles, han traido honor y victorias a la raza de los enanos y han enseñado sus técnicas de combate a las generaciones más jovenes.
Sin embargo, nada de eso parecía cumplirse en mí. Nada percibieron los sabios cuando llegué, mi mano no estaba a gusto sujetando una pesada arma y tampoco era diestro peleando. El yunque de herrero era lo que mejor se me daba y, ni de lejos, tenía el nivel de quienes hacian delicadas piezas de orfebrería o robustas armas que nunca perdían el filo con mi misma edad. Sin embargo, siempre gozaba del amparo de mi clan, sobretodo de mi madre y mi padre, quienes nunca se rindieron conmigo. Eso hacia que pese a los rumores y las miradas, hubiese un aparente respeto.
Mi padre me vestía con su armadura de repuesto, mientras él lucía su brillante armadura de guerra, una armadura de placas completa que el mismo forjó y decía que nunca nadie había podido atravesar. Mi madre, mientras, miraba como luchábamos y me corregía incontables fallos a cada paso que daba siempre con la delicadeza que la caracterizaba. De entre todas las guerreras, a ella la apodaban Bailarina, pues sus movimientos eran fluidos, nada toscos, parecía deslizarse como el agua de un río. Esquivaba ataques feroces con facilidad, con movimientos acompasados, y asestaba golpes en un sólo movimiento sin que su oponente pudiese contestar. Sus historias me fascinaban e intentaban instruirme en el arte de la guerra como sendos antecesores hicieron con ellos. Pero pese a sus esfuerzos, parecía que no avanzaba.
Pero aquellos tiempos felices se consumieron, sepultados bajo rios de sangre, gritos y cuerpos inertes, existiendo sólo en el recuerdo. Cuando la Gran Guerra lleguó, todo cambió. La oscuridad inundó los campos, el frío se apoderó del mundo conocido y el horror y el sufrimiento no tardaron en hacer acto de presencia ante las puertas de nuestras ciudades. Se hablada de ejercitos invencibles, seres que no sangraban ante los cortes de las hachas enanas, monstruos capaces de helar toda vida bajo sus pies. Huestes cuyo propósito era devorar y consumir. Cuando la Gran Guerra estalló tenía sólo 13 años. Padre y madre encabezaron el ejército enano para repeler la inminente amenaza. Ambos partieron, para no volver jamás. Ni noticia, ni emisario, ni cuervo llegaban desde el campo de batalla con noticias… pero los años pasaban. Sólo llegaban las historias de los comerciantes que aún se atrevían a rondar los caminos y que cada vez eran menos. Sus relatos no auguraban nada bueno… Las batallas no tenían fin, ni descanso, dia y noche los ataques del enemigo no cesaban… Pero lo que no decían es que resistían, aún había esperanza..
Con el completo del clan Gorunn en el frente, se hizo cargo de mí el orfanato de la ciudad. Conforme los años pasaban, y con mi apellido cada vez más diluido en el tiempo, las burlas y el deshonor eran mis fieles compañeras. Paria me llamaban algunos, «umgak» me decían otros, «mal hecho» en el idioma enano. Las miradas de desprecio pronto se convirtieron en escupitajos, empujones y patadas en los barrios bajos. ¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí? ¿Porque mi propósito se oculta de mí? ¿Acaso existe uno, o Moradin realmente me hizo mal en su Forja de Almas de Albeir-Toril? Sin embargo, aprendí que no era el único enano sin propósito. La mayoría eran abandonados en los orfanatos si tenían suerte o huían de las ciudades enanas o, simplemente, no volvía a saberse más de aquellos neonatos. La cuidadora del orfanato era una sacerdotisa que nos cuidaba con esmero y nos dedicaba palabras dulces. Yo debía ser de los más grandes del orfanato, así que la ayudaba en lo que podía. En parte por empatía y, en parte, porque no tenía otra cosa que hacer. Por lo menos, mientras estaba allí, nadie se enfadaba por mi existencia. Pero muchas noches, me escabullia con el amparo del silencio y la oscuridad de la noche para ir a casa, con el único propósito de volver a ver la armadura de repuesto de mi padre, que no llevó consigo y que no entendería el motivo hasta años más tarde.
Entonces llegó el día en el que todas las esperanzas que aún albergábamos, se desvanecieron. Todo atisbo de victoria y paz quedaban yermos ante los cascotes de la gran puerta que protegía la ciudad. El cuerno de alarma de la ciudad retronaba ensordecedor con el eco bajo la montaña, llegando hasta sus raíces. Sólo unos segundos después, antes de poder reaccionar, todos aún quietos y en silencio, con el corazón encogido por ese sonido, una aberración alada cargaba contra la puerta con una fuerza que la derribó de un sólo golpe. Aquella gran puerta, cuya dureza había aguantado siglos, se vio aplastada en un instantante por el poder de aquella criatura. Sus pasos se adentraban retumbando hasta el gran hall mientras se disipaba el humo de los escombros. Sus ojos inyectados en sangre, sus colmillos afilados, su jinete… todo indicaba el fin. El pánico se apoderó de la ciudad. Todo el mundo empezó a correr y esconderse y yo… me quedé petrificado por el miedo, mirando cómo se arrasaba mi ciudad natal. El jinete desprendía un humo añil, que se propagaba inexorable a través de puertas, ventanas y rocas, buscaba por los huecos donde la gente se escondía… parecía avanzar y retroceder con voluntad propia. El calor de la montaña se desvanecido y el aliento se congelaba nada más salir de la boca. Todo… lentamente… cada vez más… se tornaba oscuro.

La luz llegó a lomos de un palafrén, portando espada y escudo. Su armadura brillaba, la hoja de su espada brillaba y su escudo brillaba. Una luz tenue imbuia al caballero de un halo mágico que nunca había visto. Tan pronto llegó, bajó de su caballo y cargó contra la criatura alada y su jinete. Las garras de la criatura, que antes habían atravesado la puerta, se detenían contra su escudo haciendo un golpe seco y chirriante, pero el caballero no cedía ni media pulgada su posición ante semejantes embates. Lanzaba espadazos siempre que una apretura se abría y cada golpe resplandecía con luz que provocaba alaridos en la criatura. Se movían por la ciudad utilizando el campo de batalla en su favor. La batalla era feroz y parecía que lo estaba haciendo retroceder, incluso parecía que podía derrotarlo… pero el jinete recogió toda la oscuridad que había ido desatando y la posó sobre sus hombros, como si de un manto se tratara. Dijo algo, unas palabras en un idioma que parecía provenir de otro mundo y la oscuridad envolvió a su montura. El caballero dudó por un instante, peró se lanzó con un golpe de espada más brillante que todos los anteriores. Impactó, pero su filo no provocó herida alguna esta vez, tan sólo quedó vibrando posada sobre el animal, como si hubiese golpeado una roca. Su rostro pasó de la concentración del combate a la sorpresa incrédula en un instante, pero antes de que pudiese reaccionar, la bestia le lanzo un golpe que esta vez lo hizo volar hasta donde yo estaba. El impacto contra el suelo le hizo escupir sangre, el escudo salió despedido y su armadura quedó severamente marcada por doquier… pero no soltó la espada. Pese a sus heridas, se puso en pie de golpe, como si el dolor no le afectase. Miró a su oponente de nuevo y lanzó una rápida mirada en mi dirección, sólo para gritarme «¡Corre!». Ese grito me hizo salir del estado pétreo en el que me encontraba, pero sólo pude dar dos pasos antes de que el aterrizaje de la bestia frente al caballero me hiciese desequilibrarme y caer al suelo. Al darme la vuelta, el caballero era ahora un avatar de luz, que golpeaba incesantemente a la bestia con todas sus fuerzas blandiendo la espada a dos manos, sin preocuparse de su defensa, mientras intercambiaban cortes mutuamente. El jinete se sorprendió de eso, y entonces fue cuando nuestras miradas se cruzaron. Antes de poder reaccionar, la bestia me atacó. En un abrir y cerrar de ojos, sin darme oportunidad de reaccionar, sus garras estaban tan cerca de mi, que pude notar el frío de la muerte, y cerré los ojos. Pero no pasó nada… al abrirlos, vi al caballero arrodillado frente a mi y un hilo de sangre brotaba de su boca y su vientre. Me había utilizado como cebo para distraer a la amenaza que se ensañaba con su montura. Una garra, lo atravesaba.

La luz en la armadura menguaba, su espada yacía en el suelo y su mano la buscaba. Aquel poderoso caballero podría haber huído, nada tenía que ver con nosotros ni tenía ningún apego, no buscaba fama ni gloria, sólo luchaba por defendernos del dolor, por la justicia. Sin embargo… ¿qué hacía yo? ¿porque él merecía morir y yo no? ¿porqué salvar a alguien como yo? Entonces, mi cuerpo se movió sólo. Corrí a coger la espada del suelo y, sorprendentemente, empuñar un arma ya no se sentía pesado en mi mano. Cargué contra la bestía que, al verme, sólo hizo un leve gesto, como si no fuese una amenaza, como si me apartase… pero entonces, fui yo quien bailó. La mano del caballero me apuntó y pronunció unas palabras tras de mí y mi golpe se hundió en el cuello del animal, del que empezó a brotar sangre a borbotones… sí que sangraban. La bestia sacó entonces su garra del vientre del caballero, que cayó al suelo, y empezó a retorcerse. El jinete, huyó.
Sin saber bien cómo había ocurrido todo, fui donde estaba el caballero tendido en el suelo, cuya armadura ya casi se había apagado. Puse mi mano en su herida, pero la sangre no cesaba. Las lágrimas empezaron a salir incontrolables ante aquella tragedia.
– «¿Quién eres?» – le pregunté.
– «Sólo un paladín»
Esas fueron sus últimas palabras antes de que su luz se extinguiese. Quedé allí de rodillas largo rato, hasta que algunos supervivientes se arrremolinaron a nuestro alrededor. Me di cuenta, que aún tenía la espada en la mano… no la había soltado ni por un instante… Su caballo no habia huído y vino junto a su jinete. Fue entonces cuando vi que portaba en la bolsa la capa de mi madre y el brazalete del clan de mi padre. Entendí entonces que no regresarían y que el Paladín, era un poderoso amigo de la familia al que yo no conocía, al quien le pidieron ayuda como última esperanza. Recordé entonces la armadura de mi padre, la había dejado allí por si había que defender la ciudad. Me di cuenta entonces lo inmaduro que yo era y lo sabios que muchos otros enanos habían sido. Me di cuenta de que mi propósito no estaba claro porque dependía de las decisiones que yo tomase. Si hubiese huído cuando hubo el ataque, si al partir mis padres hubiese abandonado de la ciudad… tantas cosas podrían haber cambiado. Sin embargo, así sucedió y desde ese momento empezó mi leyenda. Eso también significaba, que algunas de las creencias de los enanos estaban desfasadas y que los propósitos de Moradin no tenían poque revelarse en el nacimiento. Los enanos que se hacían llamar sabios, no lo eran tanto. Tomaría la espada del Paladín sin nombre y la armadura de repuesto de mi padre para defender a Innarin y sus gentes de la oscuridad y la injusticia y también para cambiar los dogmas de mi pueblo.
La ciudad habia quedado arrasada, como tantas otras, y el reino de Innarin ordenó retirada tras los Tyranos, donde en la nueva ciudad de Thur Doral, el cuerpo del Paladín descansa con honores. Los horrores que aquella guerra desató no conocían parangón. Aún hoy no sé dónde están los cuerpos de mis progenitores. La armadura de placas de mi padre no pudo protegerle y las espadas de mi madre no danzan más, seguramente sepultadas bajo el lodo en algun páramo remoto. Ojalá algún dia los encuentre y pueda darles sepultura junto al savador de los enanos. Ojalá pueda defender la justicia con honor y orgullo como me enseñaron, no como guerrero como ellos, sinó como Paladín, yo soy Aigor Gorunn.